Educación infantil - En Profundidad - Poner límites

Los niños necesitan ser guiados por los adultos para aprender a comportarse y es fundamental establecer reglas que dirijan sus vidas. Los niños realmente necesitan límites para crecer en un entorno sano.

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Los límites son necesarios porque:

  • Porque el niño se siente seguro y protegido.
  • Porque las normas les ofrecen una estructura sólida a la que aferrarse y que será una referencia.
  • El niño ve que los padres son fuertes y consistentes y se sentirá mucho más inclinado a identificarse con ellos.
  • Ayudan al niño a tener claros determinados criterios sobre las cosas y éstas serán referencias constantes.
  • Enseñan al niño que debe renunciar a veces y que debe aceptar el no, lo cual es una forma de enseñarle a enfrentarse a las frustraciones de la vida.
  • El niño aprende valores (orden, respeto, tolerancia).

La falta de autoridad y de unos criterios claros en la educación de los hijos por parte de los padres lleva a problemas tan sustanciales como la falta de adquisición de un sistema consistente de valores, la falta de respeto hacia padres y educadores, la tendencia a la desobediencia, la indisciplina, la tendencia al capricho, la falta de responsabilidad, etc.

Un niño nace con un temperamento básico, que es la forma única y particular en que va a asimilar la experiencia y aprende la mayor parte de las cosas, que conocerá en su vida, desde que nace hasta los cinco años, y este aprendizaje queda grabado profundamente porque se adquiere en una etapa del desarrollo que está estrictamente vinculada a las necesidades afectivas. Los límites dan seguridad y referencias a los niños y marcan una estructura que es imprescindible para desenvolverse en el mundo social actual y el del futuro.

El grado de autocontrol de los niños depende de la actitud de los padres. El autocontrol se educa. Con la capacidad de tolerar frustraciones y para autocontrolar las expresiones de agrado o desagrado sucede lo mismo. El grado de autocontrol y de tolerancia a la frustración está muy relacionado con la capacidad de los padres para educar.

Los adultos que conviven con el niño tienen que estar de acuerdo acerca de los límites que debe tener y de qué está permitido y qué prohibido. Las conductas positivas se deben reforzar y las negativas deben limitarse, sin descalificar nunca al niño sino a la propia conducta. Los límites se deben fijar de modo que no afecten al respeto y a la autoestima del niño y éste no se debe sentir humillado, ridiculizado o ignorado. Señale la situación problemática empleando pocas palabras. Los sermones son poco efectivos y alteran a las personas. Evite calificar al menor y, solamente, señale el problema. Sea firme, pero tranquilo.

Al los tres años, el niño comienza una etapa de oposición a los padres y es normal que quiera probar, con su actitud y conducta, hasta dónde puede llegar y cuál es la reacción de los padres si se sobrepasa el límite marcado. Es, en ese momento, cuando hay que mostrarse firmes pues, si se cede, después costará mucho más retomar el respeto por las reglas.

¿Cómo deben ser los límites?

Los límites se deben poner desde pequeños para ir educando la voluntad, y para que el niño aprenda lo que puede y no puede hacer porque sus padres mantienen el límite con afecto pero con firmeza. Enfrentarse siempre a la misma situación con la misma reacción paterna hará que el niño interiorice la norma.

Por otra parte, los límites marcados deben ser realistas y adecuados para la edad del niño y deben ir adecuándose a la etapa evolutiva. Dichos límites deben ser claros y precisos y requieren del acuerdo entre los padres. Además, deben ser muy concretos para que el niño pueda entenderlos.

Así, los límites se deben fijar de antemano. Se deben explicar al niño con pocas palabras, de forma muy concreta y nunca se deben improvisar en una situación conflictiva en la que estemos enfadados. Los padres deben recapacitar y pensar muy bien cuál es la conducta concreta que quieren evitar en el niño.

Si obligamos a los niños a respetar ciertos principios, nosotros debemos dar ejemplo, ya que son grandes imitadores y somos los modelos de identificación en los que el niño se va a fijar.

Para evitar la resistencia del niño, es posible darle un margen de libertad para cumplir la norma y, así, por ejemplo si le ordenamos vestirse, se le puede conceder que elija con qué pantalón. Darle opciones le hará más fácil obedecer. También es importante darle tiempo; debe ir aprendiendo a respetar las normas y nosotros debemos tener paciencia y saber que fallará muchas veces. Necesita un periodo de aprendizaje y aprenderá más rápido si valoramos cada pequeño cambio, cada intento. El elogio y el refuerzo positivo es lo que realmente cambia y modifica las conductas. Siempre es obligado mantenerse firme y, en cuestiones importantes, es bueno aplicar el límite sin titubeos.

Por otra parte, para ser firme se ha de creer que se hace lo correcto; no se transmite al niño convicción cuando le dejamos sobrepasar el límite que le hemos dado cada vez que nos conviene (por ejemplo, si no le permitimos ver la televisión por la noche, no debe verla porque ese día estemos cansado y sin ganas de discutir).

Debemos concretar qué límites son inamovibles y cuáles negociables. Existen normas que son básicas que no pueden ser objeto de revisión o de diálogo. El respeto por los demás, por los padres, la violencia, la mentira, no consumir drogas, etc. Existen otros que son importantes, pero que admiten revisión o admitir que los hijos opinen, como la hora de llegada a casa, determinadas tareas en casa, la ropa, el corte de pelo, etc.

Los castigos

Cuando el niño sobrepase los límites marcados, siempre debe haber consecuencias, pero se debe ser cuidadoso con el castigo porque, si éste no se lleva a cabo adecuadamente, el niño no aprenderá lo que es bueno y malo, y no fortalecerá su moral. Lo importante es que el adulto ejerza su autoridad de manera que le dé la oportunidad de aprender algo de la experiencia.

El castigo no debe usarse como algo habitual, pues perderá eficacia. Deben ser cortos y proporcionados a la acción y debemos darle la oportunidad de rectificar la conducta y que, con el cumplimiento de la norma, vuelva a tener los privilegios anteriores.

Los castigos, por otra parte, deben ser firmes y educativos, y deben tener relación con la norma transgredida para que el niño pueda rectificar mejor la mala conducta. Deben ser comprendidos por el niño para que sepa qué ha hecho mal. No es bueno retrasar el castigo; las conductas se controlan mediante consecuencias inmediatas.

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