Efectos de las olas de calor en el trabajo

Con la llegada de los primeros episodios de calor extremo del verano, conviene prestar atención a los riesgos asociados a las altas temperaturas, especialmente al efecto del calor sobre el cerebro y nuestra capacidad para pensar, concentrarnos y tomar decisiones, ya que las altas temperaturas aumentan la fatiga mental y el riesgo de cometer errores.

Dentro de los problemas asociados al calor extremo, uno de los menos visibles, pero más relevantes es su impacto sobre el cerebro, afirma Jesús Fernández Felipe, director del Grado de Biomedicina en UNIE Universidad. El calor no solo produce cansancio físico, deshidratación o riesgo de golpe de calor; también puede afectar a la atención, la concentración, la velocidad de respuesta y la toma de decisiones. Esto tiene una repercusión clara desde la perspectiva de la enfermería, tanto en los propios trabajadores (especialmente en entornos sanitarios, laborales o asistenciales) como en los pacientes, en particular los más vulnerables.

Cuando sube mucho la temperatura, el organismo dedica más recursos a disipar calor: sudamos más, aumenta la carga cardiovascular y puede alterarse el equilibrio hídrico. Todo ello puede traducirse en menor rendimiento cognitivo, más fatiga, irritabilidad y mayor probabilidad de cometer errores. Además, el propio malestar térmico (el sudor, la ropa pegada, la sensación de agobio) actúa como un distractor constante. Esto hace que prestemos menos atención a la tarea principal y que nos cueste más razonar con calma o valorar adecuadamente los riesgos.

Desde el punto de vista biológico, distintos estudios han observado que el rendimiento cognitivo puede empezar a deteriorarse con temperaturas elevadas, especialmente cuando el calor se mantiene en el tiempo, hay mala ventilación o no existe una adecuada refrigeración. En torno a los 30-32 ºC, y especialmente por encima de esos valores, pueden aparecer con más claridad problemas de atención, enlentecimiento de la respuesta, somnolencia, peor memoria de trabajo y más errores en tareas complejas. En la práctica, esto significa que una persona puede seguir "funcionando", pero con menor precisión y menor capacidad para decidir bien.

Las personas mayores, los niños y quienes padecen enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales o metabólicas son especialmente vulnerables. En personas mayores, por ejemplo, el calor puede descompensar patologías previas y aumentar el riesgo de mareos, caídas, confusión, deshidratación o golpe de calor. Desde enfermería recomendamos hidratarse de forma preventiva, evitar las horas de máximo calor, adaptar el esfuerzo físico, usar ropa ligera, favorecer la ventilación o refrigeración de los espacios y vigilar síntomas como debilidad, dolor de cabeza, confusión, somnolencia o alteraciones del comportamiento.

En definitiva, protegerse del calor no es solo evitar un golpe de calor: también es proteger la capacidad de pensar, decidir y actuar con seguridad. Por eso, ante episodios de calor extremo, la prevención debe contemplar tanto la salud física como el rendimiento cognitivo de trabajadores y pacientes.